Ensayo / ES
la antiintelectualidad y el carnaval político
sobre mercados que no son capitalismo, señoras que aplauden conquistadores, trumpistas que descubren Palestina, religiosos llenos de contradicciones y el cansancio de pensar en público.

caricatura editorial generada para este ensayo
Hay una forma de estupidez política que no consiste en no saber. Eso sería casi inocente. Todos ignoramos demasiadas cosas. Yo ignoro, por ejemplo, cómo funciona de verdad una refinería, cómo se repara un elevador, cómo se calcula una prima de seguros sin que alguien me explique primero qué demonios está midiendo. La ignorancia normal es simplemente el tamaño del mundo entrando por la puerta. No pasa nada. Uno pregunta, lee, se equivoca, corrige. La estupidez política de la que quiero hablar es otra. Es una ignorancia orgullosa de sí misma, una ignorancia con saco, micrófono, campaña de pauta y una frase lista para terminar la conversación antes de que empiece.
La antiintelectualidad no es la ausencia de ideas. Es la fabricación activa de un mundo donde las ideas deben llegar reducidas a consigna para ser toleradas. Es el momento en que alguien escucha la palabra capitalismo y responde mercado, como si un tianguis mexica, un bazar otomano, una feria medieval, una lonja veneciana, un supermercado de Guadalajara y una plataforma financiera de Wall Street fueran la misma criatura histórica porque en todos hubo intercambio. Es como decir que toda forma de parentesco es una familia nuclear suburbana porque en todas nació alguien. Es una tontería con zapatos caros.
Y sin embargo esa tontería circula con una confianza admirable. La derecha de folleto ama decir que el mercado siempre existió, y por lo tanto el capitalismo es natural, y por lo tanto cualquier crítica al capitalismo es una crítica a que la señora compre jitomate. Es un truco viejo: confundir una práctica humana general con una forma histórica específica. Intercambiar cosas no es capitalismo. Vender no es capitalismo. Tener puestos, rutas comerciales, monedas, crédito o comercio exterior no basta para que una sociedad sea capitalista. El capitalismo es una forma social concreta: propiedad privada de los medios de producción, trabajo asalariado masivo, acumulación de capital, producción organizada por ganancia, separación del productor respecto a los medios que necesita para vivir, expansión de mercancías hacia zonas cada vez más íntimas de la existencia. No es que haya mercado. Es que el mercado empieza a mandar sobre la vida.
Esto parece una distinción elemental. De esas que uno pondría en una ficha de secundaria: mercado no equivale a capitalismo. Pero el discurso político contemporáneo ha desarrollado una alergia profunda a las distinciones elementales. La distinción cansa. La distinción obliga a leer. La distinción arruina el clip de treinta segundos. Entonces se aplasta todo. Socialdemocracia, comunismo, sindicalismo, Estado de bienestar, regulación ambiental, impuestos progresivos, salud pública, salario mínimo: todo se vuelve marxismo, comunismo, Venezuela, Cuba, hambre, colapso, la palabra que toque ese día. Y del otro lado, todo intercambio humano se vuelve capitalismo, libertad, progreso, civilización, Occidente, una taza con águila y el mismo slogan reciclado por un señor que cree estar defendiendo a Adam Smith pero no podría sobrevivir tres páginas de Adam Smith sin pedir una gráfica de YouTube.
Me interesa esta operación porque no es solo un error conceptual. Es una defensa emocional. Si el capitalismo se vuelve sinónimo de mercado, y el mercado se vuelve sinónimo de humanidad, entonces criticar el capitalismo aparece como criticar la naturaleza humana. Ya no tienes que defender salarios miserables, concentración patrimonial, vivienda convertida en activo financiero, destrucción ambiental o captura política del Estado por intereses privados. Solo tienes que decir: “¿ah, entonces no quieres que la gente compre y venda?” Y listo. Te fuiste a dormir sintiéndote Sócrates con tarjeta de crédito.
La política actual está llena de estos atajos. No solo en México, claro. Pero México tiene una manera muy especial de convertir la ignorancia en acto de clase. Aquí la antiintelectualidad llega perfumada de “sentido común”, “civilidad”, “valores”, “libertad” y una nostalgia rarísima por periodos históricos en los que la mayoría de quienes hoy la defienden no habrían tenido voz, voto, propiedad, movilidad ni quizá permiso de abrir la boca en público. Lo digo pensando en ese espectáculo reciente, casi demasiado perfecto para no parecer parodia, de Isabel Díaz Ayuso asistiendo en Ciudad de México a un homenaje a Hernán Cortés junto con Alessandra Rojo de la Vega. En pleno siglo veintiuno. En la capital de un país construido sobre la herida colonial, una presidenta regional española y una alcaldesa mexicana conservadora encontraron urgente aplaudir al conquistador como si estuviéramos en una reunión de señores con gola, espada y olor a archivo húmedo.
La escena sería cómica si no fuera tan reveladora. Uno podría imaginarla como sketch malo: dos figuras contemporáneas, beneficiarias directas de siglos de luchas liberales, feministas, obreras, republicanas y civiles, celebrando un pasado en el que sus propios derechos habrían dependido de un padre, un marido, una corona, una iglesia o un permiso masculino. La modernidad les entregó la posibilidad de ejercer poder público; ellas agradecen coqueteando con la fantasía política de volver al mundo que habría hecho imposible ese poder. Es un nivel de ingratitud histórica que casi merece una medalla, quizá una medalla oxidada, encontrada en un baúl familiar junto a una carta de encomienda.

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No hace falta inventar demasiado. El acto existió y provocó polémica. La prensa reportó el homenaje a Cortés, el traslado del evento después de la cancelación en la Catedral Metropolitana, la presencia de Ayuso y Rojo de la Vega, la retórica del “mestizaje” como si el mestizaje borrara la violencia, como si la existencia de descendientes mezclados cancelara la existencia de pueblos sometidos, cuerpos explotados, lenguas golpeadas y memorias todavía vivas. La palabra mestizaje, en boca de cierta derecha hispánica, funciona como detergente moral: se vierte sobre la Conquista y se espera que salga limpia, perfumada, lista para museo.
Y aquí conviene ser precisos. No se trata de decir que la historia de México sea simple, ni que Cortés sea una figura de caricatura plana, ni que la Conquista pueda comprenderse con un tuit indignado. Justamente lo contrario. La historia es compleja. Hubo alianzas indígenas contra los mexicas, resentimientos imperiales, epidemias, traducciones, negociaciones, traiciones, violencia española, violencia indígena previa, órdenes religiosas, procesos legales, intereses económicos, una transformación mundial de escala casi incomprensible. La complejidad existe. Pero la complejidad no autoriza a convertir al conquistador en santo patrono de la libertad ni a recitar “mestizaje” como contraseña para no hablar de dominación. Una cosa es estudiar la Conquista sin catecismo nacionalista. Otra es hacerle porra al conquistador en la Ciudad de México como si el país fuera un salón del club de fans de Isabel la Católica.
Lo absurdo no está en mirar el pasado. Lo absurdo está en mirar el pasado con ojos de souvenir. La derecha reaccionaria no ama la historia; ama una maqueta moral de la historia. Ama reyes sin pestes, imperios sin esclavitud, religión sin inquisición, mercado sin explotación, familia sin violencia doméstica, nación sin indígenas incómodos, libertad sin sindicatos, orden sin cárceles, modernidad sin feminismo. Es una operación estética: tomar lo que conviene del pasado, barnizarlo, ponerle iluminación cálida y venderlo como civilización. Lo demás se manda al sótano.
Por eso El cuento de la criada funciona tan bien como espejo. Voy apenas empezando la cuarta temporada, así que no voy a meterme en spoilers más allá de lo que la serie ya deja claro desde sus premisas centrales. Gilead no es simplemente un régimen religioso malo. Es una fantasía reaccionaria llevada hasta su forma lógica. Dice proteger a las mujeres mientras las reduce a función reproductiva. Dice defender la familia mientras destruye vínculos reales. Dice honrar la vida mientras gobierna mediante terror. Dice obedecer a Dios mientras convierte la fe en administración corporal. Todo está lleno de contradicciones porque el autoritarismo moral siempre vive de contradicciones. Necesita a las mujeres, pero no quiere escuchar a las mujeres. Necesita la reproducción, pero desprecia la autonomía de los cuerpos que reproducen. Necesita la religión, pero la vuelve burocracia. Necesita el amor, pero solo sabe producir obediencia.
Lo más inquietante de Gilead no es que sea completamente ajeno. Lo inquietante es reconocer pedazos sueltos, partículas pequeñas, frases que ya escuchamos en la vida normal. La idea de que la libertad de las mujeres fue un error moderno. La idea de que los derechos civiles son excesos. La idea de que las minorías piden demasiado. La idea de que el orden social debe restaurarse volviendo a una jerarquía “natural”. La idea de que la crueldad puede justificarse como protección. Gilead no cae del cielo. Gilead se construye con sermones, resentimientos, miedo demográfico, crisis económica, propaganda, nostalgia familiar y hombres mediocres que descubren que la palabra Dios les queda muy bien para administrar cuerpos ajenos.
Y, claro, mujeres reaccionarias. Serena Joy es interesante precisamente porque no es un error de casting político. La reacción siempre ha necesitado mujeres que defiendan un orden que las subordina, siempre que ese orden les prometa un lugar excepcional. No todas serán sometidas igual, se dicen. Yo seré la esposa, la figura decorativa, la guardiana moral, la administradora de otras mujeres. Yo sí tendré acceso a la sala donde se decide. Esa es la promesa venenosa: obediencia a cambio de proximidad al poder. El problema es que el sistema que construyes para quitar derechos nunca se detiene exactamente donde tú querías. Un día descubres que la jaula también tenía tu nombre, nada más estaba escrita con letra bonita.
Por eso las escenas de nostalgia reaccionaria protagonizadas por mujeres con poder público resultan tan ridículas y tan tristes. Sin la izquierda, sin los liberales radicales, sin el movimiento obrero, sin las sufragistas, sin las luchas por educación, propiedad, divorcio, voto, derechos laborales, salud reproductiva y presencia pública, muchas de estas figuras estarían pidiendo permiso para existir en la historia que hoy romantizan. La derecha suele burlarse de los movimientos sociales como si hubieran sido una exageración histérica de gente fea gritando en la calle. Pero después vive dentro de los derechos que esos movimientos abrieron. Usa la habitación y escupe la llave.
México tiene una relación enferma con esa contradicción. La derecha mexicana, o una parte muy ruidosa de ella, quiere parecer liberal cuando habla de negocios, católica cuando habla de sexo, autoritaria cuando habla de seguridad, estadounidense cuando habla de crimen, española cuando habla de linaje, indígena cuando necesita una foto turística, democrática cuando pierde y republicana cuando le conviene. No es una ideología; es un ropero. Uno abre la puerta y cae un traje distinto según el noticiero de la mañana.
Lilly Téllez, por ejemplo, encarna de manera casi perfecta esa política del grito moral. Se presenta como “derecha moderna”, pero el repertorio muchas veces parece una mezcla de guerra fría recalentada, pánico moral, foxnewsismo importado y una fascinación por que Estados Unidos venga a resolver a golpes lo que el Estado mexicano no puede o no quiere resolver. Puede denunciar con razón la violencia criminal, porque México está devastado por violencias reales, y al mismo tiempo convertir la discusión en teatro de soberanía rota, “narcoestado”, “narcoizquierda”, etiquetas que sirven más para inflamar que para pensar. El problema no es criticar al gobierno. Criticar al gobierno es necesario. El problema es reemplazar el análisis institucional por una fogata verbal donde todo se quema igual.
Laura Loomer representa otra variante, más estadounidense, más conspirativa, más pegada a la estética del trumpismo duro. Su personaje público gira alrededor de lealtad, sospecha, inmigración, musulmanes, enemigos internos, traiciones, listas de pureza. No es casual que figuras así prosperen cuando la política se transforma en una cacería de impurezas. El antiintelectual no quiere entender el poder; quiere localizar al traidor. La pregunta no es qué condiciones producen tal crisis, sino quién contaminó la comunidad. Siempre hay alguien: migrantes, musulmanes, universidades, jueces, feministas, burócratas, periodistas, judíos, globalistas, comunistas, el nombre cambia, la estructura no.
Y luego está el trumpismo como gran laboratorio mundial de contradicciones. Trump se presenta como voz del pueblo contra las élites, pero gobierna como alianza entre resentimiento popular y privilegio obsceno. Habla de ley y orden mientras convierte la legalidad en instrumento personal. Habla de cristianismo mientras su vida pública es casi un catálogo de aquello que los predicadores decían condenar cuando el pecador era otro. Habla de libertad de expresión mientras su movimiento sueña con castigar universidades, medios, profesores, funcionarios, artistas, bibliotecas y cualquiera que no aplauda con la velocidad adecuada. Habla de proteger trabajadores mientras su imaginario económico sigue adorando al empresario fuerte, al jefe, al millonario como figura casi teológica. Es populismo de casino: te prometen recuperar tu dignidad mientras la casa siempre gana.
La dimensión religiosa es central. No porque la religión sea necesariamente reaccionaria. Eso sería una estupidez. Hay tradiciones cristianas, judías, musulmanas, budistas, indígenas, liberacionistas, místicas, comunitarias y proféticas que han estado del lado de los pobres, de los migrantes, de los presos, de las mujeres, de los trabajadores, de los perseguidos. El problema es la religión como tecnología de jerarquía. La religión convertida en policía del cuerpo. La religión usada para proteger propiedad, patriarcado, nacionalismo y obediencia. Ahí aparece la contradicción más obvia: grupos que dicen seguir a un hombre pobre ejecutado por el imperio terminan defendiendo al imperio, la frontera, el castigo, el rico, el arma, la humillación del débil. Si Jesús entrara a muchas convenciones conservadoras actuales, probablemente le pedirían identificación, comprobante de domicilio y una explicación de por qué anda con tanta gente indeseable.
La derecha religiosa quiere tradición, pero no quiere cargar con toda la tradición. Quiere familia bíblica, no jubileo de deudas. Quiere sexualidad regulada, no condena de la acumulación. Quiere obediencia de las mujeres, no comunidad de bienes. Quiere castigo del pobre desordenado, no sospecha del rico. Quiere profetas cuando atacan al enemigo, no cuando incomodan al donante. El texto sagrado se vuelve buffet. Se toma lo que permite mandar y se deja lo que obliga a compartir.

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El asunto de Israel y Palestina ha acelerado muchas de estas contradicciones. Durante décadas, buena parte de la derecha estadounidense trató el apoyo a Israel como parte casi obligatoria de la identidad conservadora. Evangelicalismo, geopolítica, culpa occidental, alianza militar, islamofobia, memoria del Holocausto, industria de defensa, lobby, Guerra Fría tardía: todo se mezcló. Pero el trumpismo abrió otra veta. El lema America First («Estados Unidos primero») empezó a mirar con recelo cualquier guerra extranjera, cualquier paquete de ayuda, cualquier alianza que pareciera pedir sacrificio estadounidense. Y entonces aparecieron figuras como Tucker Carlson, Nick Fuentes o Candace Owens empujando una crítica a Israel que, en algunos casos, no nace del universalismo moral ni de la defensa coherente de los derechos palestinos, sino de una mezcla de aislacionismo, resentimiento contra los neoconservadores, cristianismo identitario, teorías de influencia y una hostilidad hacia “globalistas” que con demasiada frecuencia se desliza hacia imaginarios antisemitas.
Ese giro confunde a mucha gente porque, superficialmente, parece que ciertos sectores de la derecha “descubrieron” Palestina, Irán o el mundo musulmán. Pero cuidado. No todo apoyo táctico a una víctima nace de una ética universal. A veces el enemigo de tu enemigo solo es una herramienta retórica. Puedes criticar los bombardeos sobre Gaza y seguir odiando a los musulmanes de tu propio país. Puedes oponerte a una guerra con Irán y seguir defendiendo una frontera domesticada por fantasías civilizatorias. Puedes denunciar a Israel no porque te importen los derechos palestinos, sino porque quieres reemplazar una mitología imperial por otra. En ese caso no hay emancipación. Hay reacomodo de fobias.
Nick Fuentes es el ejemplo más crudo. No es un pensador incómodo expulsado por decir verdades demasiado refinadas; es una figura de extrema derecha asociada durante años con racismo, antisemitismo y nacionalismo blanco. Que Tucker Carlson lo entreviste y que esa entrevista produzca una guerra interna en el conservadurismo estadounidense no demuestra un florecimiento de pensamiento crítico. Demuestra que la puerta que antes algunos decían mantener cerrada ahora se abre, se cierra, se vuelve a abrir, y dentro hay gente fingiendo sorpresa por el olor. Cuando la derecha juega durante años con insinuaciones sobre “élites globalistas”, “reemplazo”, “traidores internos” y “enemigos de la civilización”, luego no puede fingir escándalo absoluto cuando alguien llega y dice la parte fea con menos maquillaje.
Candace Owens representa otra torsión. Pasó de ser una figura muy útil para el conservadurismo mediático estadounidense a convertirse en una voz incómoda dentro de ese mismo ecosistema por su postura sobre Israel y sus enfrentamientos con Ben Shapiro y The Daily Wire. Pero ahí también hay que hilar fino. Criticar a Israel no vuelve a alguien automáticamente progresista, anticolonial, humanista o serio. La crítica puede venir de la defensa del derecho internacional, de la empatía con civiles palestinos, de una teoría política de igualdad, de un rechazo a la ocupación y a la supremacía étnica. O puede venir de conspiracionismo, resentimiento tribal y ganas de protagonizar una ruptura rentable. La misma frase puede sonar parecida y venir de lugares morales opuestos.
Esto importa porque el discurso público premia el alineamiento superficial. Si alguien dice “Palestina”, ciertos públicos aplauden. Si alguien dice “Israel tiene derecho a existir”, otros públicos aplauden. Si alguien dice “Irán”, “terrorismo”, “imperialismo”, “globalistas”, “sionismo”, “antisemitismo”, cada palabra activa su tribu correspondiente. Pero la pregunta seria no es qué palabra usaste, sino qué estructura moral sostiene tu posición. ¿Defiendes derechos civiles para todos o solo al enemigo de tu enemigo? ¿Rechazas el etnonacionalismo en Israel pero lo celebras en tu país? ¿Te importan los niños palestinos y también los refugiados musulmanes cruzando una frontera? ¿Te horroriza el antisemitismo y también la ocupación? ¿Puedes sostener dos verdades sin convertir una en coartada para negar la otra?
Israel, por su parte, es una sociedad mucho más plural de lo que caricaturizan tanto sus defensores más fanáticos como sus críticos más perezosos. Dentro de la ciudadanía judía israelí hay seculares, religiosos, ultrarreligiosos, liberales, derechistas, socialistas residuales, nacionalistas, mizrajíes, asquenazíes, rusoparlantes, etíopes, colonos, opositores a los colonos, gente que protesta por la independencia judicial, gente que quiere aplastarla. Dentro del sionismo mismo hay tradiciones socialistas, liberales, revisionistas, religiosas, mesiánicas, militaristas, democráticas, posliberales. Hablar de Israel como si fuera una masa única es intelectualmente flojo. Pero hablar de esa pluralidad sin mirar a los palestinos excluidos, ocupados, discriminados o gobernados bajo regímenes jurídicos distintos también es una forma de mentira.
Ahí está la contradicción liberal sionista: querer una democracia moderna, plural, con derechos civiles, instituciones independientes, vida cultural abierta, universidades, prensa, marchas, diversidad sexual, Estado de derecho, y al mismo tiempo sostener una estructura nacional que privilegia a un grupo y deja a otro dentro de un estado de excepción permanente. Algunos liberales israelíes ven esa contradicción con angustia real. Otros la administran como si fuera un problema de relaciones públicas. Pero no se puede defender la modernidad dentro de la línea verde y suspenderla en Hebrón, Gaza, Jerusalén Este o los puestos de control. No se puede cantar democracia en Tel Aviv y aceptar que otra población viva bajo permisos, muros, desalojos, violencia de colonos y tribunales militares. Eso no significa negar el trauma israelí ni el antisemitismo real ni el horror del 7 de octubre. Significa negarse a usar el trauma como autorización infinita.
La antiintelectualidad aparece aquí de nuevo porque odia la simultaneidad. Quiere una sola verdad emocional por pantalla. O Israel es la única democracia de Medio Oriente, entonces todo lo que haga queda cubierto por luz moral; o Israel es solo colonialismo, entonces cada miedo judío es propaganda. O Palestina es pura víctima, sin Hamas, sin autoritarismos internos, sin errores políticos; o Palestina es pura amenaza, sin infancia, sin duelo, sin derecho. Pensar exige sostener tensiones. El discurso de guerra exige destruirlas. Y hoy casi todo discurso político se comporta como discurso de guerra, incluso cuando habla de impuestos municipales.
En México pasa algo similar con la palabra izquierda. Para cierta derecha, la izquierda no es una tradición plural con socialdemócratas, comunistas, nacional-populares, feministas, sindicalistas, liberales igualitarios, populistas, tecnócratas progresistas y oportunistas profesionales. La izquierda es una sustancia oscura que explica todo. Si sube un impuesto, izquierda. Si hay corrupción, izquierda. Si hay crimen, izquierda. Si hay burocracia, izquierda. Si una universidad enseña género, izquierda. Si un museo habla de colonialismo, izquierda. Si una persona morena entra a un espacio que antes parecía reservado para otros cuerpos, izquierda. El concepto deja de describir y empieza a exorcizar.
Pero seamos justos: la antiintelectualidad no pertenece solamente a la derecha. La derecha tiene una relación especialmente obscena con ella porque la ha vuelto estrategia electoral global, pero el ecosistema liberal y progresista también produce sus propias máquinas de simplificación. Brianna Wu, ContraPoints, Destiny y otros personajes del internet político muestran distintas versiones de ese problema. No porque sean equivalentes ni porque todos tengan el mismo peso moral. No. Sería otra falsa simetría. Pero sí porque el internet convirtió la política en una industria de personalidades donde pensar a menudo importa menos que performar lucidez.
Brianna Wu aparece a ratos como figura de una sensibilidad liberal estadounidense obsesionada con distinguirse de la izquierda “mala”, con demostrar responsabilidad, realismo, patriotismo, moderación, madurez. Esa posición puede tener críticas válidas al sectarismo progresista. Claro que sí. Hay izquierdas capaces de volverse insoportables, moralistas, adolescentes, enamoradas de su propia pureza. Pero la crítica liberal a veces se convierte en otra forma de pánico de respetabilidad: la necesidad de estar siempre del lado de los adultos del cuarto, aunque los adultos estén administrando una catástrofe con buen vocabulario. Es el centrismo como estética de oficina: todo muy serio, todo muy medido, y al final los mismos muertos quedan fuera del PowerPoint.
ContraPoints es más interesante porque su trabajo sí ha tenido inteligencia, estilo, ambivalencia, humor, lectura, una sensibilidad teatral que muchas veces falta en el debate político. Pero incluso ahí hay un peligro: confundir la estética de la complejidad con la complejidad misma. El videoensayo hermoso puede convertirse en autoridad afectiva. El público aprende a sentir que entendió porque la puesta en escena fue brillante. Y los seguidores, como todos los seguidores, pueden volver canon lo que nació como exploración. No es culpa exclusiva de la creadora; es la lógica de las plataformas. El pensamiento se vuelve marca personal. La ambivalencia se vuelve merch invisible.
Destiny representa el extremo opuesto: la política como deporte verbal, como ring de clips, como demostración de agilidad. Lee, sí. Sabe cosas, sí. A veces corrige errores reales de gente que no leyó nada. Pero el formato de polemista profesional tiende a convertir la verdad en victoria y la victoria en temperamento. Lo importante no es solo tener razón, sino arrinconar al otro, dejarlo sin aire, producir un momento que circule. Esa forma de discurso puede ser intelectualmente mejor que la pura consigna, pero sigue atrapada en la misma economía de atención. La pregunta deja de ser “¿qué es verdad?” y se vuelve “¿quién quedó más tonto en cámara?” Y así se nos va la vida pública, entre humillaciones editables.
Lo que une a todos estos mundos, derecha religiosa, trumpismo, liberalismo influencer, debate streaming, izquierda moralista, es la sustitución del pensamiento por postura. Una postura es algo que puedes sostener frente a otros. El pensamiento es algo que te modifica aunque nadie te vea. La postura busca consistencia visible; el pensamiento acepta contradicción interna. La postura necesita enemigos claros; el pensamiento necesita tiempo. Por eso la postura triunfa. Es más rápida, más vendible, más fácil de premiar. Nadie viraliza a alguien diciendo: “no sé, necesito leer más, quizá mi categoría está mal construida”. Aunque esa sea quizá la frase más honesta que puede pronunciar una persona política.
El discurso mexicano está especialmente dañado por esa economía de postura. Todo se vuelve identidad antes de volverse análisis. Estás con AMLO o contra AMLO, con Sheinbaum o contra Sheinbaum, con la oposición o contra la oposición, con la Corte o contra la Corte, con el INE o contra el INE, con el pueblo o con la mafia del poder, con la democracia o con el populismo, con la patria o con los traidores. Las categorías pueden tener algo de verdad en ciertos momentos, pero luego se vuelven jaulas. Uno ya no piensa un problema: ubica el bando correcto y repite el paquete.
Por eso el ejemplo del mercado me parece tan útil. Porque es pequeño y enorme a la vez. Decir “el mercado siempre existió, entonces el capitalismo es natural” parece una simple burrada de Twitter, pero condensa todo el método antiintelectual. Primero se borra la historia. Luego se borra la diferencia conceptual. Después se convierte el presente en naturaleza. Finalmente se presenta cualquier crítica como locura. El resultado es una defensa perfecta del poder existente: si lo que existe es natural, entonces resistirlo es negar la realidad. Ya no hace falta argumentar. Solo patologizar al crítico.
La misma operación ocurre con la familia. “La familia siempre existió”, dicen, y con eso quieren defender una forma histórica específica de familia patriarcal, heterosexual, propietaria, con división sexual del trabajo y autoridad masculina. Pero parentesco no es lo mismo que familia burguesa. Crianza no es lo mismo que matrimonio cristiano. Comunidad no es lo mismo que papá jefe, mamá servicio emocional e hijos obedientes. La humanidad ha organizado parentesco de mil maneras. Pero la derecha toma una forma, la declara eterna y luego acusa a todos los demás de destruir la civilización por recordar que la historia fue más imaginativa que su catecismo.
También ocurre con la religión. “La religión siempre existió”, dicen, como si eso justificara que el Estado adopte los prejuicios de un grupo religioso particular. Pero experiencia espiritual no es lo mismo que poder clerical. Comunidad de fe no es lo mismo que legislación teocrática. Ritual no es lo mismo que censura. Una cosa es que los seres humanos hayan buscado sentido, trascendencia, duelo, celebración, misterio. Otra es que un diputado quiera regular cuerpos ajenos porque su pastor confundió metáfora con política pública.
Y ocurre con la nación. “Las naciones siempre existieron”, dicen, para defender fronteras modernas como si fueran montañas. Pero nación, Estado, etnia, lengua, territorio y ciudadanía son configuraciones históricas, no sustancias eternas. México mismo es una construcción traumática, mestiza, indígena, criolla, liberal, conservadora, revolucionaria, centralista, federalista, católica, anticlerical, norteña, sureña, migrante, estadounidense por cercanía y antiestadounidense por memoria. Quien diga “México” como si nombrara una esencia simple está vendiendo algo.
La antiintelectualidad odia todo esto porque la historia vuelve inestable lo que el poder quiere presentar como eterno. Si el capitalismo tuvo origen, puede tener final o transformación. Si la familia cambió, puede cambiar. Si la nación fue inventada, puede reinventarse. Si los derechos fueron conquistados, pueden perderse. Si el mercado no es destino, puede regularse, democratizarse, subordinarse a fines humanos. Por eso la derecha reaccionaria necesita una historia congelada. No quiere pasado; quiere coartada.
Me pregunto aveces si el problema de fondo no es que pensar duele. Pensar de verdad duele porque te obliga a traicionar alguna comodidad. A mí me pasa con la izquierda. Es fácil criticar a la derecha, porque la derecha ofrece escenas tan grotescas que uno casi no tiene que trabajar. Señoras aplaudiendo conquistadores. Predicadores defendiendo millonarios. Trumpistas llorando por libertad mientras piden persecución estatal. Influencers “pro vida” celebrando políticas que abandonan niños reales. Es casi demasiado fácil. Pero pensar exige también mirar la propia casa: la izquierda que justifica autoritarismos cuando se visten de antiimperialismo, la izquierda que minimiza antisemitismos porque vienen envueltos en bandera palestina, la izquierda que habla de pueblo sin escuchar al pueblo cuando vota mal, la izquierda que reemplaza análisis de clase por liturgia de identidad, la izquierda que cree que tener razón moral la exime de construir instituciones competentes.
La diferencia es que la izquierda, en su mejor versión, tiene herramientas para criticarse. Clase, ideología, hegemonía, colonialidad, patriarcado, racialización, economía política, psicoanálisis, teoría crítica, historia social. Puede usarlas mal, claro. Puede convertirlas en jerga insoportable. Pero existen como herramientas para atravesar apariencia. La derecha antiintelectual, en cambio, suele tratar toda herramienta crítica como amenaza. Por eso grita “adoctrinamiento” cuando alguien enseña historia colonial, “ideología de género” cuando alguien distingue sexo, género y poder, “marxismo cultural” cuando una película incluye una persona que antes estaba fuera del encuadre. No discute la herramienta. La demoniza para no usarla.
Quizá por eso el discurso político se siente tan agotador. No estamos discutiendo solo políticas públicas; estamos discutiendo la posibilidad misma de distinguir. Mercado y capitalismo. Religión y clericalismo. Crítica a Israel y antisemitismo. Defensa de Palestina y romanticización reaccionaria de Irán. Feminismo y neoliberalismo con lenguaje inclusivo. Liberalismo y defensa real de libertades. Pueblo y clientela. Democracia y triunfo de mi bando. Seguridad y licencia para matar. Historia y nostalgia. Complejidad y excusa. Son distinciones básicas, y sin embargo cada una requiere una pelea completa porque el ecosistema premia a quien las borra.
Hay una imagen de El cuento de la criada que me persigue, no por su violencia explícita sino por su limpieza. Gilead siempre está demasiado ordenado. Colores claros, rituales precisos, frases repetidas, una calma que cubre el horror. El autoritarismo ama la estética de orden porque el orden permite no ver el sufrimiento que lo sostiene. Algo parecido ocurre con la nostalgia conservadora. Mira qué bonito el casco. Mira qué solemne el libro antiguo. Mira qué elegante la misa. Mira qué majestuosa la bandera. Mira qué civilizada la palabra Occidente. Y detrás: cuerpos, trabajos, silencios, castigos, exclusiones, deudas, heridas. El decorado está diseñado para que no preguntes quién limpia después.
La escena de Ayuso y Rojo de la Vega homenajeando a Cortés funciona porque condensa ese teatro. No es el mayor problema político de México, ni de lejos. México tiene violencia criminal, desapariciones, desigualdad, crisis de agua, militarización, corrupción, precariedad laboral, degradación institucional, un montón de cosas más graves que una ceremonia ridícula. Pero los símbolos importan porque muestran deseos. Y ese símbolo mostró el deseo de una derecha hispánica de reconciliarse con la Conquista sin pedir demasiado perdón, de convertir violencia histórica en fiesta cultural, de presentarse como guardiana de la civilización frente a indígenas, izquierdas y memorias que incomodan. Es la política del “ya supérenlo” dicha por quienes nunca han superado la pérdida de sus jerarquías favoritas.
La ironía final es que esas mismas figuras dependen de la modernidad que insultan. Dependen de derechos liberales, movilidad global, medios digitales, Estado constitucional, sufragio femenino, educación pública o privada accesible para mujeres, mercado laboral profesionalizado, medicina moderna, instituciones seculares, prensa, burocracia, pasaporte, redes internacionales, traducción simultánea, micrófonos, aviones. Viven en el siglo veintiuno y fantasean con el dieciséis. Pero no con el dieciséis real, lleno de pestes, analfabetismo, mortalidad, dependencia legal y violencia cotidiana. Fantasean con una versión boutique del dieciséis: conquistador sin sangre, corona sin hambre, iglesia sin miedo, jerarquía sin barro.
Esa es quizá la definición más breve de la reacción: querer los beneficios de las luchas modernas sin aceptar la legitimidad de esas luchas. Querer votar pero burlarse de las sufragistas. Querer trabajar en política pero despreciar el feminismo. Querer libertad de expresión pero censurar a profesores. Querer Estado de derecho pero aplaudir excepcionalismos cuando el acusado es enemigo. Querer mercado global pero cerrar fronteras a los cuerpos que hicieron barato ese mercado. Querer cristianismo sin pobres. Querer democracia sin igualdad. Querer historia sin víctimas. Querer modernidad sin emancipación.
Y entonces, ¿qué se hace? No creo que baste con contestar cada tontería. Eso es agotador y además la tontería tiene ventaja reproductiva: se multiplica más rápido que la corrección. Uno puede pasar una tarde explicando por qué mercado no es capitalismo y al día siguiente habrá otro video con la misma frase, otra cara, otro fondo de librero falso. Pero sí creo que hay que defender la distinción como acto político. La distinción es humilde y revolucionaria a la vez. Dice: esto no es aquello. Dice: la palabra importa. Dice: la historia no cabe en tu meme. Dice: no voy a dejar que conviertas mi cansancio en tu victoria.
Defender la distinción no significa volverse pedante en el peor sentido, ese pedante que usa conceptos como muebles caros para que nadie se siente. Significa recuperar la paciencia. Preguntar: ¿qué quieres decir con mercado? ¿Qué entiendes por capitalismo? ¿Qué tipo de libertad defiendes? ¿Libertad de quién, frente a quién, sostenida por qué instituciones? ¿Qué derechos tendrías en el pasado que celebras? ¿Qué haces con quienes quedan fuera de tu nación? ¿Criticas a Israel desde derechos universales o desde otra fantasía étnica? ¿Defiendes Palestina o solo usas Palestina para pegarle a tus enemigos judíos? ¿Tu cristianismo alimenta al hambriento o solo disciplina a la mujer? ¿Tu liberalismo soporta al disidente cuando el disidente no te cae bien?
Hay preguntas que destruyen más que un insulto porque obligan al discurso a mostrar su esqueleto. Y a menudo el esqueleto es pequeño. Mucho ruido político contemporáneo se reduce a deseos muy simples: quiero mandar, quiero que mi grupo conserve prestigio, quiero que mi miedo sea tratado como virtud, quiero que mi resentimiento se llame patriotismo, quiero que mi comodidad parezca naturaleza, quiero que la historia me absuelva sin leerla. El trabajo intelectual, en cambio, empieza cuando uno se atreve a decir: quizá mi deseo no es argumento.
Me gustaría que el discurso político en México pudiera estar a la altura de sus problemas. No lo está. A veces hay momentos, personas, libros, periodistas, académicos, militantes, conversaciones donde aparece algo más serio. Pero el ruido dominante es infantil. Gobierno y oposición se gritan como si el país fuera un foro de televisión eterno. Las redes premian la frase cruel, no la frase exacta. Los partidos buscan identidad antes que programa. Los intelectuales públicos, cuando todavía existen, son convertidos en estampitas o villanos. Y la ciudadanía, cansada, precarizada, asustada, se refugia en el bando que al menos le ofrece una explicación emocional.
No me siento fuera de eso. Yo también quiero explicaciones emocionales. Yo también quiero malos claros, buenos claros, mapas limpios. La diferencia es que cada vez confío menos en esa comodidad. Cuando una explicación me tranquiliza demasiado, sospecho. Cuando una postura me permite despreciar sin resto, sospecho. Cuando una figura pública me da permiso de no pensar, sospecho. A estas alturas, sospechar de la propia facilidad mental quizá sea una forma mínima de higiene.
La antiintelectualidad no se derrota haciendo que todos lean tratados. Ojalá, pero no. Se derrota, si acaso, reconstruyendo respeto por la complejidad sin convertir la complejidad en excusa para la cobardía. Porque ese es otro peligro: usar “es complejo” para no tomar posición. Hay cosas complejas que siguen siendo injustas. La ocupación es compleja y es injusta. El capitalismo es complejo y produce explotación. La religión es compleja y puede servir al poder. La Conquista es compleja y fue violencia imperial. La seguridad es compleja y el exterminio no es política pública. La libertad de expresión es compleja y eso no obliga a tratar a cada fanático como filósofo perseguido.
Pensar no significa quedarse paralizado. Significa actuar con categorías menos podridas. Significa no dejarse extorsionar por palabras grandes. Libertad. Civilización. Pueblo. Dios. Mercado. Nación. Familia. Democracia. Todas pueden decir algo verdadero y todas pueden servir como máscara. Hay que levantarlas, mirar debajo, aguantar el olor de la historia, y recién entonces decidir.
Tal vez por eso sigo volviendo a las pinturas, a Dostoievski, a las series distópicas, a Marx, a las caricaturas, a estos textos demasiado largos para internet. Porque en medio del carnaval hay que fabricar espacios donde la frase no tenga que ganar en cinco segundos. Un ensayo es lento. Un cuadro es lento. Una novela es lenta. Pensar es lento. Y precisamente por eso se vuelve intolerable para una política construida sobre reflejos.
El mercado existía antes del capitalismo. Las mujeres existían antes del feminismo, pero muchas no podían gobernar su vida. La religión existía antes de la derecha religiosa, pero no siempre fue policía. Israel contiene pluralidad real, pero esa pluralidad no cancela la exclusión palestina. Palestina merece derechos, pero no toda persona que dice Palestina está defendiendo una ética universal. La derecha habla de libertad, pero muchas veces sueña con jerarquías. La izquierda habla de emancipación, pero aveces administra dogmas. La historia no cabe en un bando, pero los bandos intentan secuestrarla todos los días.
Y en el centro de todo queda la pregunta más simple, la que el ruido político trata de tapar con megáfonos: ¿queremos entender o queremos ganar? No es que entender y ganar sean siempre opuestos. A veces hay que ganar para que sobreviva algo decente. Pero cuando ganar exige no entender, cuando ganar exige volver idiota al propio público, cuando ganar exige convertir cada palabra en arma y cada matiz en traición, entonces la victoria empieza a parecerse demasiado a Gilead: ordenada, solemne, llena de frases morales, y muerta por dentro.
Yo prefiero otra cosa. No una neutralidad tibia, no el centrismo que mira una casa arder y pide bajar el tono, no la falsa moderación que confunde equilibrio con cobardía. Prefiero una política capaz de pensar con rabia sin volverse estúpida. Capaz de burlarse del poder sin mentir. Capaz de distinguir entre mercado y capitalismo, fe y teocracia, crítica y prejuicio, memoria y nostalgia, pueblo y masa, libertad y permiso de dominar.
Quizá sea mucho pedir. Quizá el carnaval siga. Probablemente seguirá. Habrá otro homenaje absurdo, otro streamer descubriendo geopolítica como si acabara de inventarla, otra senadora gritando comunismo a una licuadora, otro predicador defendiendo al rico en nombre del carpintero pobre, otro influencer liberal explicando madurez mientras el mundo se cae con buenos modales. Pero incluso dentro del ruido queda la posibilidad de una frase más cuidadosa. Una distinción. Una negativa a aplaudir el casco brillante sin preguntar quién quedó debajo.
Eso, por ahora, me parece suficiente como comienzo. No suficiente para salvar nada, claro. Pero sí para no participar dócilmente en la ceremonia. Frente al conquistador boutique, el mercado eterno, el Dios policía, el debate como espectáculo y el trumpismo descubriendo que Palestina puede servirle para otra guerra cultural, quizá la tarea mínima sea esta: no entregarles las palabras. No dejar que “libertad” signifique obediencia, que “mercado” signifique capitalismo, que “historia” signifique nostalgia, que “fe” signifique control, que “civilización” signifique jerarquía.
Las palabras también son territorio. Y si algo nos enseñó la política mexicana, la estadounidense, la israelí, la rusa, la española y casi cualquiera que uno mire con paciencia, es que quien captura las palabras puede empezar a capturar lo demás. Por eso hay que defenderlas con terquedad. No como académico solemne cuidando vitrinas, sino como alguien que sabe que, cuando las palabras se pudren, la vida pública empieza a oler igual.
notas de lectura
- Sobre la distinción entre capitalismo, mercado e historia económica: Britannica, «Capitalismo» y Britannica, «Sistema económico: desarrollo histórico».
- Sobre el homenaje de Isabel Díaz Ayuso a Hernán Cortés en Ciudad de México con Alessandra Rojo de la Vega: El País México.
- Sobre la fractura en la derecha estadounidense alrededor de Tucker Carlson, Nick Fuentes, Israel e Irán: Axios, The Guardian, PBS NewsHour y CNN sobre Candace Owens y The Daily Wire.
- Sobre Israel, sus instituciones, sus divisiones internas y la exclusión palestina: Freedom House, Israel 2025, Freedom House, West Bank 2025, Human Rights Watch 2025 y Pew Research Center sobre divisiones en la sociedad israelí.
- Sobre Lilly Téllez y la derecha mexicana reciente: El País México y discursos publicados por PAN Senado.
- Sobre Laura Loomer como figura trumpista y su acceso reciente al Pentágono: AP News.
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