Ensayo / ES
Bailando al ritmo de la distracción
Una sesión del Senado se derrumba en teatro, y el teatro revela en qué se ha convertido la política institucional.
La imagen de aquella sesión del Senado es difícil de olvidar: pancartas extendidas sobre la tribuna, legisladores ocupando el recinto como si hubiera que bloquear físicamente la institución para volverla visible, y los asuntos de la república suspendidos mientras todos insistían en que estaban allí para defenderla. En el centro del conflicto estaba el nombramiento de un comisionado del INAI, algo lo bastante técnico como para aburrir a la mayoría y lo bastante importante como para revelar toda la estructura de nuestra vida pública. La escena parecía desordenada, pero en otro sentido era demasiado ordenada. Todos conocían su papel. La oposición convertiría la parálisis en teatro moral. Morena convertiría la ambigüedad en negación plausible. La propia institución se volvería utilería dentro de un conflicto donde la representación ya había sustituido a la confianza.
Los detalles importan. Se esperaba que el Senado discutiera el nombramiento de Ricardo Salgado Perrilliat, un candidato técnicamente sólido para una de las vacantes del Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales. El INAI ya llegaba debilitado por las vacantes, y la sesión ocurría al borde de un receso de cuatro meses. Llenar siquiera una plaza importaba. Morena, después de dar a entender que respaldaría el nombramiento, votó en contra. La oposición respondió ocupando la tribuna y deteniendo la sesión. Otros veinte asuntos quedaron en el limbo. Luego cada bando acusó al otro de irresponsabilidad, como si toda la estructura no dependiera precisamente de esa acusación recíproca.
Lo que me interesa no es simplemente que los políticos actúen de forma teatral. La política siempre ha contenido teatro. El problema más profundo es que el teatro ha dejado de ser un medio y se ha convertido en la sustancia misma. La institución moderna sobrevive escenificando sin descanso su propia legitimidad. La transparencia se defiende mediante la obstrucción. La gobernabilidad se afirma mediante el sabotaje procedimental. El lenguaje serio sigue en su lugar, pero su contenido se ha adelgazado. Lo que persiste es la imagen de seriedad: la pancarta, la denuncia, el receso, la declaración de que uno defiende el Estado de derecho haciendo imposible el funcionamiento ordinario de la ley.

Sería cómodo contar esta historia como si unos senadores opositores infantiles hubieran arruinado el trabajo del Estado. Pero eso sería demasiado fácil, y dejaría a Morena fuera de la estructura que también habita. Un partido que negocia, retrocede, improvisa y usa la incertidumbre como arma no puede presentarse después como guardián del orden institucional puro. La ocupación de la tribuna por parte de la oposición no fue una interrupción ajena a la política. Fue la continuación visible de un estilo de política ya normalizado desde arriba, uno en el que las instituciones se defienden retóricamente mientras se vacían estratégicamente.
Por eso el episodio resultó tan familiar. Ya no esperamos que los actores institucionales resuelvan las crisis con limpieza. Esperamos que las conviertan en escenas. La cámara forma parte del recinto ahora. Cada gesto anticipa su circulación. Sostener una pancarta no es solo hacer una exigencia; es producir una imagen que vivirá en internet desprendida de la tediosa complejidad del procedimiento legislativo. Acusar al otro de hipocresía no es solo formular un reclamo; es alimentar la economía moral de la indignación de la que respira hoy la política. La institución no desaparece bajo esta lógica. Sigue en pie, pero como escenografía.
La tragedia de este caso es que la propia transparencia se convirtió en un instrumento más dentro de una disputa por la posesión simbólica. El INAI debería importar porque el acceso a la información limita el poder arbitrario, porque las instituciones que protegen el escrutinio público son frágiles, porque la opacidad siempre le sirve a alguien. En cambio, la crisis de vacantes se volvió otra ocasión para que ambos bandos demostraran algo sobre sí mismos. La oposición quería exhibir compromiso moral a través de la negativa. Morena quería margen de maniobra sin pagar públicamente todo el costo de esa maniobra. Mientras tanto, el problema real seguía siendo el mismo desde el principio: una institución debilitada por el cálculo político.
También hay un goce en este tipo de parálisis que no conviene ignorar. Se ve cada vez que los actores políticos prefieren la pureza del agravio al trabajo más sucio de resolver. Resolver el problema les quitaría la postura que el problema mismo vuelve posible. El nombramiento bloqueado, la tribuna ocupada, la sesión suspendida: todo ello se vuelve fuente de identidad. Unos pasan a ser el bando de la legalidad traicionada; otros, el de la paciencia estratégica. Mientras tanto, al ciudadano se le pide escoger cuál de las dos representaciones de preocupación le parece más creíble.
No se trata de una patología exclusivamente mexicana, pero sin duda es una de las formas que adopta hoy nuestro agotamiento democrático. La vida pública se vuelve más difícil de habitar cuando cada institución es al mismo tiempo indispensable e instrumentalizada, defendida en principio y degradada en la práctica. El resultado es cinismo, sí, pero no solo cinismo. Es también cansancio. Se obliga a los ciudadanos a contemplar una secuencia infinita de escenas en las que todos invocan la rendición de cuentas mientras muy pocos rinden cuentas ante algo más que la ventaja facciosa.
Lo que queda de aquel día no es solo la imagen de los senadores enfrentados bajo las pancartas. Es la imagen de una institución atrapada entre la necesidad y la representación, todavía lo bastante funcional como para exigir atención y lo bastante vaciada como para necesitar rescates teatrales permanentes. Se ocupó la tribuna, se decretó el receso, se multiplicaron las acusaciones, y la vacante siguió siendo lo que era antes de que comenzaran los gritos: un problema concreto enterrado bajo un espectáculo más fotogénico. Ese es el verdadero escándalo. No que la política se haya visto teatral por un momento, sino que el teatro se haya convertido en la forma más confiable que tiene la política de demostrarse a sí misma que todavía existe.

Archivado en