Ensayo / ES
La incongruencia en acción
Una marcha por la democracia se convierte en una escena de privilegio de clase, violencia y teatro moral.

Hay una clase particular de escena política que dice la verdad por accidente. Se convoca una marcha en nombre de la democracia, del equilibrio institucional o de la virtud republicana. Los participantes se visten con el lenguaje de la libertad y la legalidad. Y luego, en el primer encuentro con una voz no deseada, el lenguaje resbala y el cuerpo habla con más honestidad que el eslogan. Un empujón, un golpe, un memorial arrancado, una erupción de desprecio. De pronto se entiende que lo que se está defendiendo no es la democracia en un sentido universal, sino el derecho de cierto mundo social a seguir reconociéndose como dueño natural de la legitimidad pública.
Eso fue lo que reveló la llamada marcha de los chalecos. Se presentó como una defensa de las instituciones, de la Suprema Corte, del pluralismo, de la vida civilizada frente a la barbarie. Pero el espectáculo del día perforó el guion. Participantes agredieron a quienes discrepaban. Se arrancaron cruces blancas que conmemoraban a los niños muertos en la Guardería ABC. Un movimiento que decía hablar en nombre de la tolerancia democrática escenificó públicamente su intolerancia ante la existencia de otra realidad política. Cuesta imaginar una demostración más clara de la distancia entre la retórica democrática y la disposición democrática.
La violencia aquí no fue incidental. Pertenecía a la lógica de la escena. Cuando un grupo social vive su autoimagen moral como una forma de propiedad, el disenso aparece no como desacuerdo sino como intrusión. El otro no está simplemente equivocado; está contaminando un espacio que se supone pertenece a los respetables. Por eso la clase importa tanto en estas manifestaciones, incluso cuando nunca se la nombra. El chaleco, el tono, la representación indignada de civilidad, el horror de ser contradicho por los cuerpos equivocados con los acentos equivocados: todo ello revela que la institución que se defiende suele ser inseparable de un estilo de jerarquía social.
Hay que ser cuidadosos aquí. Las instituciones sí importan. Los tribunales importan. Los organismos electorales importan. Las estructuras jurídicas independientes importan. Decir esto no significa alinearse automáticamente con quienes las invocan más fuerte. El problema es precisamente que las instituciones pueden convertirse en máscaras morales. Se vuelven objetos de reverencia selectiva, defendidos no porque se crea en la igualdad ante la ley, sino porque se quiere proteger formas específicas de poder frente a la presión democrática. El poder judicial es sagrado cuando frena al enemigo y sospechoso cuando no lo hace. El pluralismo es noble cuando protege la propia voz e intolerable cuando deja entrar voces ya juzgadas como ilegítimas.
Lo que volvió especialmente obsceno el ataque al memorial de la Guardería ABC fue que condensó toda esa estructura en un solo gesto. Las cruces blancas marcaban muertes reales, muertes ya entrelazadas con la larga historia mexicana de impunidad y fracaso institucional. Arrancarlas mientras se dice defender la democracia no es solo una contradicción. Es una revelación. Muestra con qué rapidez la memoria misma se vuelve desechable cuando estorba a la imagen política deseada. El duelo solo es bienvenido cuando halaga la narrativa de los justos. De otro modo, también debe ser retirado de la vista.
Hay algo psicoanalítico en esta clase de puesta en escena política. Cuanto más frágil es la certeza interior, más violentamente necesita ser escenificada. La indignación pública se vuelve una forma de encubrir la ansiedad social. La institución se idealiza precisamente porque el sujeto siente resbalar su propia autoridad. La marcha funciona entonces no solo como protesta sino como autoaseguramiento. Uno camina entre sus pares, escucha su cosmovisión devuelta en eco, y confunde ese eco con la voz de la nación. Quien interrumpe esa ilusión debe ser expulsado del encuadre.
Por eso desconfío de toda política que habla con demasiada facilidad en nombre de la civilización. En México esa palabra suele llegar cargando un mapa social tácito. Nos dice quién está lo bastante educado para gobernar, a quién se le reconoce la ira como preocupación razonada, qué desorden es perdonable y cuál es prueba de barbarie. Bajo esta lógica, la democracia solo se tolera mientras confirme jerarquías preexistentes. En el momento en que abre espacio para otros sujetos, otros modismos, otros resentimientos, los defensores de la pureza institucional empiezan a parecer menos demócratas que propietarios.
Criticar esa política propietaria no significa celebrar cada decisión de gobierno ni cada impulso mayoritario. Significa insistir en que la democracia no puede reducirse al consuelo emocional de quienes ya son reconocidos. Si uno cree de verdad en las instituciones, también debe aceptar que ellas median conflictos entre sujetos que no se parecen entre sí, que no comparten los mismos códigos de clase y que a menudo llevarán visiones incompatibles del país al mismo espacio público. La prueba del compromiso democrático no es lo elegantemente que uno elogie el pluralismo rodeado de aliados. Es cómo se comporta cuando aparece el otro.
Por eso importan las contradicciones de aquella marcha. No son solo incoherencias vergonzosas. Son ventanas al inconsciente social de cierta política opositora. Debajo del lenguaje de la legalidad se oía la pretensión. Debajo de la defensa de la democracia se veía la aversión al desacuerdo real. Debajo de los chalecos blancos y la virtud pública asomaba la vieja fantasía de que el país pertenece, por derecho, a quienes ya saben hablar con la voz del orden.
Los golpes, las cruces arrancadas, la indignación ante la discrepancia: nada de eso fue una desviación del mensaje. Era el mensaje sin decorado. Lo que reveló es desagradable pero necesario de decir. Para algunos, la democracia sigue siendo aceptable solo mientras preserve la disposición familiar de clase, prestigio y resguardo institucional. Cuando la democracia amenaza con volverse social y no meramente ceremonial, la máscara se desliza. Entonces el cuerpo se mueve primero, el puño llega antes que el argumento, y uno ve cuán delgado era en realidad el teatro moral.
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