Ensayo / ES
Las cartas y el diván
Sobre el tarot, el psicoanálisis y las cosas que ya sabemos pero no podemos decir

🇮🇹 Michelangelo Merisi da Caravaggio — La diseuse de bonne aventure (La buenaventura) (ca. 1594)
Hay un momento en toda lectura de tarot, creas o no creas en él, estés sentado frente a un lector en una habitación iluminada con velas o sacando una carta en una aplicación del teléfono a las dos de la mañana, en el que ocurre algo que no puedes explicar de manera racional. Aparece una carta y dice algo que no debería poder decir. No porque la carta sea mágica. Sino porque tú lo eres.
Quiero dejar esto claro desde el principio: no creo que las cartas del tarot predigan el futuro. No creo que barajar un mazo de setenta y ocho cartas ilustradas y disponerlas sobre una mesa otorgue acceso sobrenatural a hechos que todavía no ocurren. Soy, como ya he escrito en este blog, un ateo lacaniano. No creo en la providencia. No creo en el destino. No creo que el universo esté tratando de enviarte mensajes.
Pero sí creo en el inconsciente. Y el inconsciente, como Freud, Jung y Lacan dedicaron sus vidas a demostrar, es más extraño, más poderoso y más aterradoramente inteligente que cualquier baraja. Las cartas no te conocen. Pero tú sí te conoces en lugares a los que no puedes entrar, en lenguas que no hablas, en imágenes que quizá nunca has visto conscientemente y que, sin embargo, llevan años organizando tu vida.
Este texto trata del lugar en que se encuentran el tarot y el psicoanálisis. Que es, creo, el mismo lugar donde la adivina de Caravaggio le mira la mano al muchacho y ve algo real mientras realiza algo falso. El engaño es real. La intuición también lo es. Ambas cosas pueden ser verdaderas a la vez, y la incapacidad para sostener esa contradicción es lo que impide a la mayoría entender tanto el tarot como el psicoanálisis.
El mazo y el diván
Las cartas del tarot aparecen en el norte de Italia durante el siglo XV como un juego llamado tarocchi. No nacieron para la adivinación. Nacieron para el juego, un juego de bazas para la aristocracia, pintado a mano, lleno de figuras alegóricas provenientes de la tradición cristiana y clásica: el Papa, el Emperador, la Rueda de la Fortuna, la Muerte, el Diablo, el Juicio, el Mundo.
No fue sino hasta el siglo XVIII cuando el tarot empezó a asociarse con el ocultismo, sobre todo cuando Antoine Court de Gébelin afirmó, sin ninguna evidencia seria, que el tarot era un antiguo libro egipcio de sabiduría, el perdido Libro de Thot, preservado durante siglos. Era una fantasía, pero una fantasía eficaz. Les dio a las cartas una genealogía, un aura de profundidad secreta. Y una vez que la gente creyó que las cartas contenían conocimiento oculto, comenzó a encontrar conocimiento oculto en ellas. Así funciona el sentido: no siempre se descubre, muchas veces se proyecta.
Freud habría reconocido el mecanismo de inmediato. La proyección — la transferencia inconsciente de pensamientos, deseos y afectos propios sobre un objeto exterior — es uno de los conceptos fundamentales del psicoanálisis. Miras una mancha de tinta de Rorschach y ves una mariposa, un monstruo o el rostro de tu madre, y lo que ves no nos habla de la mancha sino de ti. La mancha es la superficie. Tú eres el contenido.
Las cartas funcionan de un modo similar. No porque hayan sido diseñadas como herramientas proyectivas, sino porque en la práctica se comportan como una de las máquinas proyectivas más sofisticadas de la historia: setenta y ocho imágenes lo bastante ricas en símbolos, lo bastante ambiguas en significado y lo bastante cargadas emocionalmente como para funcionar como espejos del inconsciente.
Eso, para mí, no es un insulto al tarot. Es el mayor elogio que puedo hacerle.
Jung y los arquetipos
Carl Gustav Jung, el alumno más brillante y más herético de Freud, entendió esto mejor que nadie. Jung rompió con Freud en 1913, y una de las razones centrales fue esta: Freud pensaba el inconsciente sobre todo como depósito de experiencias personales reprimidas; Jung aceptó eso, pero sostuvo que debajo del inconsciente personal había algo más vasto y antiguo: el inconsciente colectivo.
El inconsciente colectivo, según Jung, no contiene mis recuerdos ni los tuyos. Contiene patrones acumulados a lo largo de milenios de experiencia humana, preservados no en historias privadas sino en la estructura misma de la psique. A esos patrones Jung los llamó arquetipos: imágenes primordiales que reaparecen en mitologías, sueños, religiones y narraciones de todas las culturas. La Gran Madre. El Viejo Sabio. El Embaucador. La Sombra. El Héroe. El Sí mismo.

🇫🇷 Odilon Redon — Le Cyclope (El cíclope) (ca. 1898-1914)
Mira el cíclope de Redon. El ojo único que ve lo que otros no ven. La mirada que penetra más allá de la superficie hacia un mundo invisible. Redon estaba pintando arquetipos antes de que Jung les pusiera nombre. El tarot, en su mejor momento, trabaja en ese mismo registro.
Ahora mira los Arcanos Mayores: el Loco, el Mago, la Sacerdotisa, la Emperatriz, el Emperador, el Hierofante, los Enamorados, el Carro, la Fuerza, el Ermitaño, la Rueda de la Fortuna, la Justicia, el Colgado, la Muerte, la Templanza, el Diablo, la Torre, la Estrella, la Luna, el Sol, el Juicio, el Mundo. No son imágenes aleatorias. Son formas arquetípicas. No porque los pintores del siglo XV hubieran leído a Jung, sino porque los arquetipos no necesitan ser leídos para ser reconocidos.
Jung se interesó en el tarot precisamente por eso: porque veía en él imágenes de transformación. Si los lees del Loco al Mundo, los Arcanos Mayores pueden entenderse como la narración simbólica de un proceso de individuación, es decir, del pasaje de un yo fragmentado e inconsciente a un yo más integrado y consciente.
El viaje del Loco
Los practicantes del tarot llaman a eso el Viaje del Loco, y digan o no el nombre de Jung, están describiendo algo muy cercano a su teoría de la individuación.
El Loco comienza en cero. Sin nombre, casi sin historia, al borde del precipicio, con su hatillo y el perro detrás. Es el yo antes de haberse encontrado plenamente con el mundo. La pura potencialidad. El comienzo.
Las primeras figuras que encuentra son arquetipos parentales y estructuras de autoridad: el Mago, la Sacerdotisa, la Emperatriz, el Emperador, el Hierofante. Luego vienen los desafíos: los Enamorados, el Carro, la Fuerza. Más tarde aparecen la introspección del Ermitaño, la contingencia de la Rueda, la inversión del Colgado, la interrupción radical de la Muerte.
Todo esto puede leerse como una secuencia simbólica del desarrollo psíquico: encuentro con la autoridad, entrada en el deseo, choque con los límites, crisis del yo, revisión de la propia historia, paso por la pérdida. El tarot no necesita predecir nada para ser profundo. Le basta con organizar imágenes que obliguen al sujeto a reconocerse.
La Sombra y el Diablo

🇧🇪 Jean Delville — Les Trésors de Sathan (Los tesoros de Satanás) (1895)
Después de la Muerte llega el Diablo, y aquí tarot y psicoanálisis convergen con más fuerza. Mira la pintura de Delville. Mira a las almas encadenadas en un placer que ya es servidumbre. Mira la riqueza, la somnolencia, la seducción de lo abismal. Eso es la Sombra.
La Sombra, para Jung, es todo aquello de nosotros que no queremos reconocer: deseos, pulsiones, resentimientos, partes del yo exiliadas porque no caben dentro de la imagen decente que queremos mostrar. La Sombra no es necesariamente maldad. Es, más bien, todo aquello que el yo consciente no soporta admitir.
La carta del Diablo hace exactamente esa pregunta: ¿a qué estás atado que sigues llamando necesidad? ¿Qué cadenas usas aunque podrías quitártelas? ¿Qué parte de ti mismo has mandado al sótano? Freud habría llamado a esto resistencia. El analizante dice que quiere saber la verdad sobre sí mismo, pero cuando el análisis se acerca a esa verdad, cambia de tema, llega tarde, racionaliza, se defiende. Ver claramente la propia sombra amenaza la identidad.
Por eso el Diablo es una carta tan incómoda. No anuncia un demonio exterior. Señala una esclavitud íntima.
La recompensa del adivino

🇮🇹 Giorgio de Chirico — La ricompensa dell'indovino (La recompensa del adivino) (1913)
De Chirico pintó esta obra en 1913, el mismo año en que Jung rompió con Freud. La Ariadna dormida en la plaza desierta, el tren a lo lejos, las sombras demasiado largas, el tiempo detenido: todo parece proceder de ese espacio entre el sueño y la vigilia donde el inconsciente empieza a hablar.
¿Cuál es la recompensa del adivino? Creo que, muchas veces, la soledad. El analista escucha algo que el paciente todavía no puede escuchar sin defenderse. El lector de tarot ve una estructura que el consultante aún no puede admitir. Si se dice demasiado pronto, el proceso fracasa. Ver antes que otro rara vez trae gloria. Más bien trae distancia.
El tarot trabaja precisamente en ese espacio intermedio. Barajas, colocas las cartas, y el campo visual que aparece funciona como una libre asociación hecha imágenes. La Torre no es tu crisis, pero de pronto tu crisis tiene forma de torre. La Estrella no es tu esperanza, pero te permite reconocer que después del derrumbe sigues esperando algo.
La cura por la palabra y la lectura
Freud llamó al psicoanálisis la talking cure, la «cura por la palabra». El paciente habla. El analista escucha. Y en el acto mismo de hablar, de poner en palabras lo que no podía decirse, algo cambia en la relación entre el sujeto y su sufrimiento. Lo inconsciente se vuelve parcialmente visible. Lo innombrado empieza a tener contorno.
Una lectura de tarot, cuando funciona, opera de manera parecida, solo que mediante imágenes. El consultante mira la carta y habla. Dice: sí, esa Torre soy yo; sí, esto que yo llamaba confusión tiene forma de colapso; sí, esto que yo llamaba retraso tiene forma de resistencia. La carta no produce la verdad. La hace visible.
Yo mismo he sentido eso en noches en que no quería profecía, sino permiso para admitir lo que ya sabía. Las cartas se colocan sobre la mesa y una imagen te devuelve a ti mismo. No porque el cartón diagnostique una vida, sino porque a veces una figura simbólica permite una honestidad que el discurso ordinario posterga.
Lo que saben las cartas
Dije al principio que no creo que el tarot prediga el futuro. Quiero corregir eso ligeramente.
No creo que las cartas sepan el futuro. Pero sí creo que tú podrías saberlo, no en el sentido sobrenatural, sino en el sentido de reconocimiento de patrones. Tu inconsciente registra cosas que tu conciencia no alcanza a procesar. Registra el cambio en la voz de alguien, la dirección repetida de tus elecciones, la forma en que sigues acercándote a la misma herida. Ya sabe hacia dónde se inclina una situación. Solo que no habla en conceptos. Habla en imágenes, síntomas, sueños, lapsus.
Cuando una carta cae y te deja sin aire porque nombra con precisión aquello que llevabas evitando, no es el universo hablándote. Eres tú hablándote a ti mismo, a través de un sistema simbólico suficientemente rico como para devolverte lo que no estabas listo para decirte en voz alta.
Eso es lo que, a mi juicio, saben las cartas. No el futuro. A ti. Las partes de ti que has olvidado, exiliado o reprimido. Las partes que esperaban un lenguaje, aunque ese lenguaje llegara en forma de imágenes.
La lectura termina
Quiero terminar esto como terminan las buenas lecturas de tarot: no con una conclusión sino con una invitación.
La última carta de los Arcanos Mayores es el Mundo. Una figura danzante dentro de una corona, rodeada por las cuatro criaturas fijas del zodiaco. El viaje está completo. El Loco ha atravesado todas las figuras y llega a una cierta forma de integración. Pero el tarot nunca termina del todo ahí. Después del Mundo vuelve el Loco. El ciclo recomienza.
El psicoanálisis sabe lo mismo. El análisis no termina en una cura definitiva. Termina, si es que termina, en la capacidad de seguir leyendo los propios síntomas sin el analista al lado. El sujeto seguirá soñando. Seguirá tropezando con su Sombra. Seguirá repitiendo cosas. Solo que ahora quizá posea un poco más de lenguaje para reconocerlas.
Eso es lo que el tarot ofrece en su mejor versión. No respuestas. No magia. No profecías. Un espejo. Un conjunto de imágenes lo bastante antiguas, ambiguas y profundas como para reflejar las partes de uno que no se dejan mirar directamente.
Baraja las cartas. Colócalas. Mira lo que aparece.
Tú ya sabes lo que significa.
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